El “zeitenwende” europeo

Alemania y Francia

junio 24, 2024

La guerra, la economía y el debate identitario empujan a un cambio en el Viejo Continente.

Europa como un todo está en crisis. Luego de varios años de éxitos asociados a su unión aduanera, sus políticas comunes y sus instituciones comunes, el edificio europeo demanda una mise a jour, una renovación. Ya han quedado lejos los tiempos relativamente sosegados de la política internacional, destacados por el dominio norteamericano, la disolución de la Unión Soviética, la preeminencia de un capitalismo social demócrata y una China aun emergiendo y no marcando agenda; esta época que promovió la construcción y protagonismo de la actual Unión Europea (UE), el regionalismo más relevante de la historia reciente, ha quedado enterrada.

El gran angular de la geopolítica propuso a la vista temprana del siglo XXI tres espacios geopolíticos de proyección de poder, identificados con Estados Unidos, Unión Europea y China (o en todo caso China-Rusia, si se los pretende ver juntos a pesar de sus matices). Pero el transcurrir del siglo ha ido desdibujando a Europa y hoy la muestra vulnerable; en términos de seguridad, en términos económicos y de identidad; la guerra de Ucrania, el despertar de Rusia, ha sido sin dudas el mayor factor de exposición de este panorama.

Así, lo primero que dejó en evidencia la invasión rusa de Ucrania es la formidable dependencia europea de los Estados Unidos en materia de seguridad: sin la OTAN, que corresponde en más de un 70% al instrumento militar norteamericano, Europa perdería su capacidad de disuasión ante, por ejemplo, los vecinos rusos.

Quedó más que claro que Europa no tiene autonomía energética, y una vez más Estados Unidos hizo las veces de sostén al cubrir con gas natural licuado lo que dejaba de llegar por los gasoductos desde Rusia. Los grandes perjuicios asestados a la Agenda Verde europea (Alemania tuvo que recurrir a la generación eléctrica con carbón) también son parte del combo de vulnerabilidad.

Por último, mencionar la dependencia económica del Viejo Continente con respecto a las manufacturas chinas y a los eslabones industriales de sus cadenas de valor, que están profundamente encastrados en el gigante asiático: cualquier tipo de decoupling (desconexión) que pueda derivarse de los conflictos en desarrollo, dejaría comercialmente a Europa prácticamente paralizada.  

Y en este escenario quedan expuestas todas las diferencias dentro de Europa, sea o no dentro de la unión política: Alemania y sus dilemas industriales, energéticos y de seguridad, que la llevan a grandes disyuntivas en sus relaciones por un lado con China, por el otro con EEUU; Francia con sus anhelos de autonomía estratégica, más allá de su pertenencia a la UE, que la llevan a colisionar con muchas de las propuestas comunitarias; Gran Bretaña sufriendo su descalce de la economía europea, mirando a EEUU y reinventándose fuera de la UE; Italia, España, Polonia, Hungría, Países Bajos, reclamando, planteando la necesidad de cambios desde sus ciudadanos cada vez más alejados de la moderación política.

Las recientes elecciones europeas han señalado a grandes rasgos que la mayoría de esos ciudadanos pretenden alternativas a la histórica social democracia reinante; han triunfado ampliamente las propuestas conservadoras, inclusive con grandes avances de la extrema derecha.  Ciertos casos como el finlandés, donde el voto les ha sido esquivo a la centro derecha gobernante, marcan ciertas reservas, lo mismo puede mencionarse (ya fuera de la UE) de Gran Bretaña, donde se vislumbra un triunfo laborista en las próximas elecciones. Parecería no tratarse de dogmatismos, sino más bien de resultados esperados.

Llegamos entonces a la cuestión de la identidad. ¿Qué Europa quieren para sí los europeos? ¿Desde que punto de partida debería revivir? ¿Sobre qué valores y con que proyección estratégica?

El diagnóstico actual muestra al Viejo Continente como un espacio de poder menor, a mitad de camino entre Estados Unidos y China, potencias que proyectan poder económico, militar y tecnológico de manera autónoma.

Europa debe pugnar por lograr el mejor lugar posible entre estos dos centros de poder, para lo cual deberá negociar sus espacios, en la búsqueda de su propia autonomía. No se trata de una empresa fácil ante la realidad vigente: dependencia en seguridad de Estados Unidos, dependencia económica de China, falta de autonomía energética y pérdida de competitividad a nivel industrial entre otros temas (a los que pueden sumarse las presiones migratorias, la vejez de su población y la lucha por el cambio climático).

El escenario que se abre luego de las elecciones europeas pareciera demandar nuevas reglas para la UE, una suerte de redefinición institucional, una renovación del contrato político y social. El edificio europeo necesita reforzarse para enfrentar los grandes retos que la coyuntura le puso enfrente. Ciertamente el camino debería ser más unión, posiblemente con mayor peso político surgido de más supranacionalidad.

El riesgo de no hacerse cargo de este cambio de época que está ocurriendo, de esta zeitenwende, llevará a la construcción europea a convertirse definitivamente en un actor geopolítico no relevante, que abandone la mesa global de las decisiones para pasar a formar parte del menú.

Artículo publicado en Ambito.com el 24 de junio de 2024

 

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